+Martes, 8 de enero 2011


MI PRIMER CHUTE

Que pasada, como se lo monta el Drogadicto de casa, que hasta hoy le hemos ayudado como buenos samaritanos a meterse varios chutes, pensando que era una urgencia. Ayer, tras dejar a Hazem y Jaime fumando sus porros en la 1ª planta, se han terminado de hacer uña y carne, que se han pasado todo el día juntos. Esta tarde aparecieron en el chupano y la oferta del camello para el día de hoy, fueron tres gramos de cocaína, según Jaime, de alta calidad y sin cortar. Jaime estaba en su salsa y me miraba como si creyese que me iba arrimar a pedirle que me invitase, mientras Hazem, estaba ansioso por empezar a meterse rayas, los dos ilusionados en hacerse la primera de las muchas, que se iban a meter por la nariz. Como estuve solo toda la mañana, me quedé con ellos, observando como Jaime esperaba que me interesase por su cocaína. Llevaban metidos el primer gramo, cuando de repente, mientras yo estaba mirando por la ventana, Jaime dió un grito de desesperación que me sonó un poco fingido, acusando a Hazem de haber mojado sus polvitos magicos.

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Hazem que todavía no lo sabia, entendió que algo irreparable había ocurrido. El hecho de mojarla parece ser que la estropea para esnifarla, según el experto que tenemos en casa, pero no está todo perdido. A pesar que semejante calamidad debería de ser imperdonable para un Drogadicto, en honor a la verdad, Jaime se mostró en todo momento comprensible por la torpeza, que a si a Hazem no le sorprendió, a mi si y bastante. Mas tarde, comentándolo con Hazem que estafó a varios Bancos pidiendo créditos por culpa de esta misma droga, tampoco comprendía como pudo haberla mojado y estuvo de acuerdo que no era casualidad que una vez mojada, solo sirviese para lo que sirve, pues yo al menos esto no lo sabia. Con la comprensión puesta encima de la mesa y con hambre de solucionar el desastre que Hazem había armado, Jaime se quitó la camisa, sacó de una de sus maletas; una jeringuilla, un torniquete de goma y nos ilustró, mientras se preparaba para la inyección, que “una vez que se moja solo se puede aprovechar por la vena”. Jaime se mostró en todo momento como un autentico profesional.

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Ya en el meollo de la cuestión, Jaime mas que enfadado estaba desesperado por evitar que se estropease. Hazem se mostró en todo momento predispuesto a ayudar y que al menos sirviese para no tener que tirarla, mientras yo me quedé en la ventana con la boca abierta. En un momento, tenia preparado el primero de los tres chutes que se metió. Según pasaban los segundos, Jaime se impacientaba y se ponía nervioso, tanto, que no acertó con la primera barandilla y la metió intramuscular y no intravenosamente. Ahí si que se enfadó. No tardó mucho en preparar el segundo chute y cuando estendió el brazo, del agujero que se provocó en el primero, empezó tímidamente a asomarse una gota de sangre. Se clavó la segunda banderilla que terminó también en el musculo. Sus nervios aumentaban, mientras la gota de sangre empezó a deslizarse camino del suelo. Recargó, pero ya era incapaz de clavarse la tercera barandilla. Jamas vi los ojos de Hazem tan abiertos viendo asomarse una segunda gota del brazo de Hazem, mientras que la primera parecía que se había detenido en la muñeca.

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Con la jeringuilla llena nos pidió ayuda, él no podía. Yo lo lamenté y Hazem se disculpó, que Jaime no pudo por menos que reírse por nuestra inocencia. Parece ser que si la cocaína acaba en el musculo, no coloca tanto, pero coloca, y Jaime se metió dos dosis en cosa de un minuto. Viendo a Jaime desesperado y que su desesperación, como la del resto de politoxicómanos que conocemos, acabamos pagándola los que estamos mas cerca, le susurré palabras de animo, abrí el ordenador y le pregunté que música era la que mas le gustaba. Como no podía ser de otra manera, era el bakalao y por variedad, tengo un disco líder de ventas que todavía no he escuchado en el ordenador. Con la música, con mis palabras de serenidad, mientras Hazem le aguantaba desde lejos el torniquete, Jaime se metió la tercera banderilla, que por fin, le entró en la vena y todos respiramos tranquilos escuchando las cosas que nos decía, hasta que Hazem y yo lo dejamos tirado en el sofá. Todo ocurrió en un momento, desde que cogió la maleta hasta que los dos gramos desfilaron por la inyectable camino de su corazón. Menuda carnicería se hizo en el brazo; sangre y hematomas a borbollones.


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